CÓMO UTILIZAR LAS FORMAS NARRATIVAS

En una de mis últimas reseñas para Libros Prohibidos encontré que el autor, pese a poseer una pluma elegante, gran capacidad descriptiva, y habilidad para generar historias, mostraba cierta confusión en cuanto al uso de las formas narrativas. Me parece interesante rescatarlo aquí, ya que la narración es un elemento fundamental en la construcción de una novela, un libro de relatos o incluso un poemario, y conviene entender qué hacemos y de qué elementos dotamos al narrador en nuestra historia.

Como sabemos, en castellano existen tres personas gramaticales, que se determinan a través de los pronombres personales: primera, segunda y tercera persona.

Aunque es posible escribir en segunda persona, lo más habitual en prosa es encontrar textos escritos en primera o en tercera persona. La distinción básica entre ambos es que en la primera persona el narrador se encuentra dentro de la historia, y en la tercera es un observador externo. Obviamente, la norma indica que si el autor escoge una u otra de las personas gramaticales, deberá mantenerla a lo largo de toda la narración, y resultará muy complicado que resulte si se hace de otra manera.

Ahora bien, dentro de las personas gramaticales, el estilo narrativo variará notablemente en virtud del peso específico que se le conceda a la narración, tanto si escribimos en primera como si escribimos en tercera persona.

Narración en primera persona

La narración en primera persona exige siempre la identificación entre narrador y personaje. El narrador es parte de la historia y puede adoptar la forma de un narrador protagonista, en la que a través del flujo de la narración el personaje principal de la historia va contando sus vivencias, percepciones, impresiones, ideas, etcétera. Un buen ejemplo es la prosa de Charles Bukowski:

“Así que hice el examen, lo aprobé, pasé las pruebas físicas y allí estaba, de cartero suplente. Empezó fácil. Me enviaron a la estafeta de West Avon y fue igual que durante las navidades, a excepción de que no ligué nada. Todos los días esperaba acabar acostándome con alguna tipa, pero nada. El curro era fácil y lo único que hacía era recorrer alguna manzana que otra repartiendo cartas.”

Otra alternativa es la forma del narrador testigo, en la que un personaje secundario (que generalmente acompaña al protagonista) narra las vivencias del personaje principal a través de sus propias impresiones, percepciones e ideas. El peso de la obra recae sobre el protagonista, pero el peso de la narración lo ostenta un personaje secundario que registra en primera persona todo lo que ve. Ejemplos paradigmáticos son las novelas detectivescas de Agatha Christie o de Sir Arthur Conan Doyle.

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Las novelas de Sherlock Holmes son un buen ejemplo de narrador testigo

Lo decisivo aquí es entender que en cualquiera de las dos formas se construyen al mismo tiempo un estilo de narración y las características de un personaje. Es decir, que para que la obra resulte verosímil, el narrador debe diferenciarse del resto de personajes y parecerse a sí mismo cuando deje de operar como narrador. No tendría mucho sentido, por ejemplo, que el narrador (protagonista o testigo) emplee un lenguaje muy florido en el cuerpo de la narración y se exprese de manera excesivamente coloquial al introducirlo en el diálogo. Es importante tener en cuenta las características del narrador como personaje para acertar en el estilo narrativo. Si se trata de un personaje más o menos cultivado, si tiene prejuicios, miedos o inseguridades; la relación que mantiene con el resto de personajes o la manera subjetiva en que registra los acontecimientos del entorno: todo ello debe quedar reflejado en el estilo narrativo, y ser acorde con las intervenciones del narrador en el diálogo.

Narración en tercera persona

En la narración en tercera persona, el narrador transmite el contenido de la historia sin formar parte de ella. No obstante, existen distintas modalidades, que dependerán del grado de conocimiento que el narrador tenga de la historia que cuenta. Si el narrador conoce todos los detalles de la historia, es capaz de entrar en la psicología y las motivaciones profundas de los personajes, explicar la razón de sus actos, y predecir lo que va a acontecer a continuación, se trata de un narrador omnisciente. Un ejemplo sería Los niños terribles, de Jean Cocteau.

En el polo contrario, un narrador que adopte un tono impersonal, que se muestre incapaz de transmitir la psicología de los personajes y se limite a mostrar las actuaciones y conductas que acontecen en la historia, será un narrador objetivo. Las motivaciones subjetivas, los anhelos o impresiones de los personajes le llegarán al lector a través de los propios personajes, que mostrarán tales motivaciones a través de sus actos y en los diálogos. La mayoría de los cuentos de Raymond Carver adoptarían una forma objetiva:

“Los dos hombres de la barra, al lado de Earl, intercambiaron miradas. Uno de ellos alzó las cejas. El otro sonrió regocijado y siguió mirando por encima de su taza a Doreen, que ahora coronaba el helado con jarabe de chocolate. Cuando Doreen se puso a agitar el bote de crema batida, Earl se levantó, dejó el plato a medio comer en la barra y se dirigió hacia la puerta. Oyó que Doreen lo llamaba, pero siguió su camino.”

Entre ambos polos, se pueden construir formas híbridas en las que el narrador, por ejemplo, se identifique más con uno de los personajes que con el resto, y pueda acceder a (y mostrar) los motivos internos de ese personajes y no de otros; o en las que el narrador conozca hasta cierto punto la intrahistoria de los personajes, pero no completamente. En cualquiera de los casos, como en la narración en primera persona, lo decisivo es ser conscientes de que estilo narrativo estamos utilizando y ser capaces de mantenerlo uniforme. No tendría sentido arrancar una historia con un narrador omnisciente que después deviniera narrador objetivo y viceversa, pues generaría muchísima confusión en el lector.

Mantener las formas de principio a fin

La elección de una u otra de las formas narrativas dependerá de la historia que queramos contar y del modo en que queramos contarla. En principio, la primera persona (especialmente si se utiliza un narrador protagonista) introducirá más al lector en la narración y le permitirá identificarse más fácilmente con el personaje, mientras que la narración en tercera persona nos permitirá controlar mejor el desarrollo de la novela o escoger lo que queremos mostrar y lo que no. En cualquier caso, resulta fundamental tener muy clara la forma narrativa que estamos utilizando y las potencialidades que tiene, siendo consecuentes en su uso y manteniéndola de principio a fin. De otro modo, la narración resultaría inverosímil y dificultaría enormemente la lectura.

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