LA ARMADURA DE LA LUZ, JAVIER MIRÓ

Antes de empezar a hablar de La armadura de la luz, una pequeña advertencia: no suelo leer fantasía. De hecho, el último libro del género que leí fue la trilogía de El señor de los anillos, allá por 2002, cuando era un chaval lleno de granos, estudiaba la ESO y leía todo lo que me cayera en las manos, desde clásicos como Crimen y castigo hasta best sellers como El perfume. Sin ningún tipo de criterio. Sospecho que Tolkien tampoco me convenció lo suficiente como para seguir indagando en el género fantástico. Desde entonces, he leído prácticamente de todo, pero nada de elfos, enanos, magos, etcétera. Hasta ahora.

Entré en contacto con Javier Miró  después de que reseñara mi novela en Libros-prohibidos, portal que dirige y con el que actualmente colaboro. Me pareció muy interesante la profesionalidad con la que trabajaba, el respeto con que trataba a los autores, y el conocimiento de la técnica literaria que mostraba en cada reseña. Después, me aficioné a su canal de Youtube. De hecho, es el único blog/web/canal orientado a recursos para escritores que sigo y que realmente me parece que aporta contenido interesante.

Cuando salió editada La armadura de la luz, decidí hacerme con un ejemplar. El argumento no me llamaba para nada la atención, el género no me interesaba, pero sentía curiosidad. Conozco a gente que posee un vasto conocimiento de literatura y que sorprendentemente es incapaz de trasladarlo a su propia actividad creativa. Quería saber si Miró, además de ser un buen crítico y manejar en el plano teórico las herramientas de creación literaria, era capaz de escribir ficción de calidad.

Una vez hechas las presentaciones, toca hablar de la novela. Para no andarme con rodeos, diré que sí, Miró es capaz de escribir buena ficción, sin lugar a dudas. La armadura de la luz narra los avatares de dos aventureros de poca monta, Iviqi y Jax, que por determinadas circunstancias se ven envueltos en una trama múltiple en la que se pone en juego nada más y nada menos que la salvación de Umheim, el mundo fantástico ideado por el autor. En la ciudad portuaria de Melay está a punto de celebrarse un torneo de lucha Jhassai cuyo premio es precisamente la armadura de la luz, que por su poder mágico, y en función de quién consiga hacerse con ella, podría acarrear la destrucción del mundo. Jax e Iviqi arriban Melay casi por azar, y tras su llegada irán contactando con distintos seres mágicos interesados en proteger la armadura y el destino del planeta.

Obviamente, la trama es arquetípica. La eterna lucha del bien contra el mal con el trasfondo de la eventual destrucción del cosmos. Existen infinidad de novelas, películas, o series de televisión que manejan el mismo esquema. Sin embargo, Javier Miró se apoya en esta base para desarrollar elementos que sí otorgan originalidad y poderío a la obra. En primer lugar, la distribución de roles en la pareja protagonista. Iviqi es la auténtica heroína de la historia. Autodidacta, ágil, fuerte, deslenguada, directa, sarcástica a veces, curiosa, valiente, totalmente convencida de que su finalidad existencial es aprender el arte ancestral de la lucha Jhassai. Y Jax, un mercenario algo más mayor, no tan valiente, enamorado hasta las trancas de ella, orbitando a su alrededor.

Lo interesante de la pareja es que desmonta de una manera muy peculiar los roles de género a los que estamos acostumbrados. Jax se mantiene en la escena porque está obsesionado con cuidar de Iviqi, protegerla, evitar que le pase nada malo. Sin embargo, Iviqi demuestra en cada momento –de hecho y de palabra- que no necesita nadie que la cuide, más bien todo lo contrario. El personaje femenino aquí es mucho más resolutivo, más interesante y posee muchos más matices que el masculino, lo cual es muy valorable.

En segundo lugar, los personajes secundarios –que son muchos- están caracterizados a la perfección. Destaca especialmente Aezhel, un extraño monje capaz de comunicarse por telepatía con los protagonistas, y que resultará fundamental en el desarrollo de la trama. Y también Daleid, un guerrero Jhassai que a través de las artes mágicas está decidido a intervenir en todo lo que acontece en Melay. Más allá de ellos dos, todos y cada uno de los personajes que aparecen en la obra, con independencia de su peso específico, están bien definidos y cumplen una función importante.

En ese sentido, resulta muy destacable cómo Miró se sirve de los personajes secundarios para mostrar el mundo mágico que ha inventado. En La armadura de la luz no hay grandes descripciones ni alusiones directas a la historia, los hábitos o la forma de vida de los habitantes de Umheim. El conocimiento de ese mundo alternativo lo obtenemos a través de los personajes secundarios, que le van revelando a Iviqi (y con ella al lector) ciertos detalles, en consonancia con el desarrollo de la trama. De esta manera se evitan largas descripciones innecesarias o fuera de contexto, se aporta dinamismo a la obra y se consigue generar en el lector la necesidad de “querer-saber-más”, sin dejar de permitirle concebir una realidad fantástica totalmente definida. Chapó.

 

Javier Miró
Javier Miró

En tercer lugar, la técnica narrativa es impecable. Sin pretender hacer grandes exhibiciones lingüísticas ni realizar ejercicios de acróbata, Javier Miró transmite los contenidos de una manera ágil, accesible, sencilla y elegante. Las descripciones del entorno apenas superan el párrafo, y la narración se orienta a describir la sucesión de acontecimientos. La armadura de la luz está escrito en tercera persona y adopta en cada capítulo la perspectiva de uno de los personajes. De esa manera, sin llegar a utilizar el tono de un narrador omnisciente, consigue meternos en la piel de los personajes y entender cómo piensan, qué sienten, o desde que estado afrontan los distintos hechos que acontecen. En la novela emergen, además de la trama principal, distintas subtramas, y todas ellas convergen y se entrecruzan con absoluta coherencia. Además, por la contraposición entre las distintas perspectivas,  los caracteres de cada personaje se perfilan a través de los ojos de aquél sobre el que recae la narración en cada caso. Los diálogos prolongan la narración de manera natural y añaden coherencia al texto, adecuándose a la naturaleza, hábitos y conocimiento de cada uno.

En el debe de la novela, señalaría que, tal y como y está concebida, asentada sobre aquél arquetipo de la lucha del bien contra el mal, y con las intenciones de la pareja protagonista tan claramente definidas, en ocasiones resulta un tanto previsible. Ello le resta dinamismo a la acción y reduce la sensación de intriga en el lector. Se trata de una novela muy blanca, muy pulcra, en la que casi nada escapa a los límites de la corrección, tanto en la forma como en el contenido. Lo cual encierra un aspecto positivo, al resultar accesible a cualquier tipo de lector, pero también un aspecto negativo. En determinados pasajes de la novela –sobre todo al final- se plantean hipótesis o situaciones en las que algún personaje corre o puede correr cierto riesgo. Sin embargo, al estar contextualizadas en un esquema de absoluta corrección, se puede prever fácilmente que no irán más allá.

No obstante, ello no impide que el texto mantenga la tensión dramática de principio a fin, ya que en cualquier caso el modo concreto como se resuelve cada situación sí permanece oculto, las motivaciones de los personajes secundarios no quedan claras en ningún momento y el hilo narrativo entraña suficientes giros como para sorprender al lector.

Más allá de valoraciones más o menos técnicas, La armadura de luz consigue atrapar al lector, introducirlo en la historia y engancharle para que no deje de leerla hasta el final. Plantea un mundo totalmente distinto al que conocemos, lleno de aventuras, ilusiones, esperanzas y desesperanzas. Se apoya en motivaciones profundamente arraigadas en la naturaleza humana, y recupera una dimensión quizás más pura de la que nos vemos forzados a mostrar, y observar, en nuestro día a día. En ese sentido, es una lectura que nos permite evadirnos de la cotidianidad y sumergirnos en un mundo diferente, en el que de alguna manera aún hay resquicios para la esperanza, el amor, o la fraternidad.

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