TURISMOFOBIA

Después de haber estado cantando himnos tradicionales irlandeses, abrazado a un guiri a las 5 de la mañana en algún tugurio de Albufeira (Portugal), con las zapatillas en la mano como si fueran banderolas, y con más mierda en el cuerpo que un poligonero en un after de Alcorcón, supongo que no debería tener muchos argumentos para criticar el turismo de masas.

Pero por suerte sé que cualquier refutación en ese sentido sería una argumentación ad hominen, y que mis incoherencias personales no tienen nada que ver con las reflexiones que a posteriori pueda desarrollar.

Hace unos días apareció en prensa la fotografía de un autobús turístico que había sido «asaltado» en las calles del centro de Barcelona, y profanado con la inscripción «el turismo mata». Rápidamente se sucedieron los artículos de columnistas preocupados por un posible rechazo a «nuestra mayor fuente de ingresos», las ponencias de políticos recordando «la hospitalidad de los españoles», y las críticas en Twitter a la «turismofobia».

Yo, mientras me recuperaba de la resaca en Madrid, quiero decir, en uno de esos barrios de Madrid que aparecen con una cruz roja en las guías turísticas, leía los comentarios, artículos, etcétera, con cierto interés. En mis delirios etílicos por el Algarve, había hecho una reflexión muy intuitiva, preguntándome cómo seríturismofobiaa aquella zona antes de que el turismo la bendijera con sus euros.

Porque en Albufeira hay de todo menos portugueses. Hay unas playas preciosas, unos complejos perfectamente diseñados para satisfacer las necesidades del turista, e incluso pueblos que alguna vez fueron ocupados por los nativos. La dinámica es sencilla: playa-fiesta-resaca. El alcohol es relativamente barato.

Algunos portugueses aún sobreviven allí. Por ejemplo, el conserje del apartahotel.

O la cajera del supermercado. Los camareros del garito. El capitán de la barquita que te lleva por las calas. Los taxistas. La cocinera. El camarero. El tío que viene a limpiar la habitación y a hacerte la cama.

En Lisboa también hay deleznables actos de «terrorismo callejero» adornando las paredes. No odies el lunes, odia el capitalismo. Turista, turista, haces mal a la vista. Tourist you are not welcome. ¿Por qué?

Porque el turista medio reproduce y refuerza las diferencias de clase entre unos grupos sociales y otros. El turismo medio encarna la verdad más básica de un sistema capitalista: el poder del dinero.

Al turista se le permite todo: emborracharse hasta vomitar en las esquinas, llenar las calles de basura, invadir los espacios públicos, gritar hasta desgañitarse, colapsar los medios de transporte, expulsar a la gente de sus barrios, pueblos o ciudades. Y se le permite porque viene con dinero. Sería terrible para nuestra economía que todos esos guiris no acudieran religiosamente cada verano a las playas de la Costa Brava, que no alquilaran apartamentos en Mallorca, o que no recorrieran en sus autobuses «sightseeing» las calles del centro de Madrid o Barcelona. Sería terrible porque las cifras de parados no descenderían en verano, los dirigentes políticos de turno no podrían presumir de nuestra hospitalidad y de la recuperación de nuestra economía, el empresario de turno no podría hablar del alto grado de ocupación hotelera y los beneficios recaudados, y el camarero de turno no podría llevarse sus seiscientos euros mensuales por trabajar quince horas al día durante tres meses. Sería catastrófico.

Yo desde aquí les pido disculpas a mis compatriotas portugueses por el trastorno causado y mi problemática relación con el alcohol. Sin embargo, siempre que viajo (incluso en un viaje típicamente guiri), intento aprender algunas palabras del país al que voy, tratar a la gente con respeto y entender la cultura, la historia o el modo de relacionarse de las personas que viven allí. Entiendo perfectamente el rechazo al turista medio, que sin muchos problemas se puede calificar como imperialista. Un sujeto que acude a disfrutar de las bondades de un país más pobre, y dispone de todos los derechos para hacer lo que le venga en gana siempre y cuando disponga de suficiente cash para costear sus caprichos. Un sujeto que de alguna manera tiraniza al nativo, recordándole su posición de desventaja en el organigrama social. Hablar de turismofobia es tanto como hablar de heterofobia o reivindicar el día del hombre: una absoluta gilipollez.

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