DE CÓMO EL GANCHILLO TUNECINO HA MEJORADO MI ESCRITURA

Es evidente que las nuevas tecnologías han alterado las formas tradicionales de transmisión de la cultura. En el caso concreto de la escritura, cada vez se hace más imperiosa la visibilidad online del escritor, su presencia en blogs o webs especializadas, o su numero de seguidores en Twitter o Facebook.

Las herramientas que un escritor tiene hoy a su alcance son múltiples, tanto para publicar, como para colaborar en portales virtuales o participar en eventos online. Sin embargo, la competencia es feroz, y la temática es limitada, agotándose por lo general en técnicas de escritura y recursos de marketing para escritores. Por ese motivo, la búsqueda de la tan ansiada visibilidad en la red tiene que reinventarse constantemente, generando sin cesar contenidos nuevos y originales que puedan llamar la atención del lector potencial, y además a un ritmo vertiginoso.

Así, en un rápido rastreo por la web, podríamos encontrar desde los clásicos artículos acerca de «como aumentar seguidores en Twitter» o «como introducir diálogos en la narración», hasta textos realmente audaces sobre «lo que el sushi nigirizushi me ha enseñado sobre escribir» o «por qué tu novela necesita un personaje tetrapléjico, negro, sordomudo y trans, y como describirlo sin caer en estereotipos» (acerca de esto último hice una reflexión más seria en esta otra entrada).

En mi caso, no quisiera quedarme atrás, y en mi afán inquebrantable por aumentar mi número de seguidores 2.0, he decidido compartir con el mundo virtual mi más preciado secreto, la piedra filosofal de mi técnica narrativa. En efecto, voy a hablaros de cómo el ganchillo tunecino entró en mi vida para cambiarla por siempre.

DE CÓMO EL GANCHILLO TUNECINO HA MEJORADO MI ESCRITURA

Para los que no lo sepáis, el ganchillo tunecino es una técnica manual consistente en tejer labores con lana, para lo cual se utiliza una pequeña aguja que va enlazando la bobina hasta tejer manteles, ropita de bebé, bolsos pequeños o cubre mesas.

Tortuga ganchillo, Lucas Albor
Si te esfuerzas mucho, puedes llegar a tejer cosas tan bonitas como esta tortuga de peluche.

Antes de descubrir el ganchillo tunecino, mi narrativa era un desastre. Me pasaba horas sentado frente a la computadora, viendo porno, buscando memes o mirando videoclips en Youtube. No era capaz de enlazar dos frases seguidas. Después de muchos meses de infructuosos esfuerzos, asumí quejoso que jamás lograría escribir un párrafo decente.

Entonces, desesperado y enemistado con la existencia, decidí apuntarme a un curso gratuito de ganchillo, sólo por martirizarme y sufrir un poco más. Fui a la primera clase. Me encantó, y volví a la semana siguiente. Y entonces surgió la magia. De repente, mi prosa empezó a fluir. Se acabó el porno y el Youtube. Era el ganchillo tunecino. El punto básico. Los puntos calados. En punto doble, el de estrella y el enrejado. Mi vida como escritor dio un giro de ciento ochenta grados.

Uno de los elementos básicos para ser un buen escritor es la constancia. Lo primero que conseguí tejer en clase, tras varios meses de esfuerzo y dedicación, fue un patuco. Lo recuerdo como si fuera ayer. Todas aquellas abuelillas, aplaudiéndome orgullosas. Entonces entendí que, si en vez de pasarme horas buceando por internet, me sentaba frente al ordenador todos los días e intentaba escribir en serio, poco a poco lograría redactar algo decente, del mismo modo que tras mucho empeño había logrado tejer mi primer patuco.

A medida que avanzaban las clases, fui aprendiendo patrones más complejos y comencé a tejer piezas más elaboradas, como gorros de invierno o cojines de distintos colores. Me equivocaba todo el tiempo, y tenía que deshacer parte del trabajo avanzado, tal y como me ocurre ahora cuando tengo que corregir un texto. Pero las abuelas siempre me animaban a seguir intentándolo. A veces me pinchaba los dedos, y así entendí que también en la escritura hay momentos complicados, en los que uno no sabe muy bien cómo desarrollar una trama o cómo definir a un personaje. Avanzar y superar esos contratiempos fue otro de los aprendizajes que obtuve del ganchillo tunecino.

Además, el ganchillo fomenta la creatividad, pero exige seguir unas pautas definidas. Combinando las distintas técnicas de punto, puedes tejer casi cualquier prenda que te propongas. Pero es necesario ser muy cuidadoso, para no confundirse con los patrones o saltarse algún paso. Del mismo modo, a la hora de escribir, es muy importante ser creativo y tener mucha imaginación, pero nunca puedes dejar de lado conceptos como la verosimilitud, la finalidad o el ritmo del texto.

Yo lo que hice fue establecer analogías. Para mí, la ortografía es el punto básico del ganchillo, y los diálogos son el punto doble. Para cada elemento de la narración, he asignado un punto de ganchillo. Escribo como si en vez de redactar palabras y frases, estuviera tejiendo una mantita o un peto para mi sobrino. Y realmente funciona.

Por supuesto, a día de hoy sigo yendo a mis clases de ganchillo tunecino, pues son las que me permiten proseguir con mi actividad literaria. Al menos el setenta por cien de mi narrativa se la debo al ganchillo. El treinta por ciento restante tiene que ver con el yoga deportivo, la guía Marca y la comida china a domicilio, pero, como comprenderéis, no puedo desvelarlo todo. En cualquier caso, no lo dudéis. Si estáis bloqueados, vuestra escritura no fluye, o simplemente queréis mejorar vuestra técnica, apuntaos a clases de ganchillo tunecino. Garantía de éxito asegurada.

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